lunes, 16 de enero de 2012

Y aparece el primero conejo...


Ciso



Ilustración de Casús Olivas


Ciso pasaba horas cepillando su pelaje y se daba shampoos de cuerpo completo con frecuencia (aunque no demasiado para no resecar su piel). También hacía todos los ejercicios que el Entrenador les decía, e incluso consiguió una calculadora para controlar cuántas calorías consumía. Por no decir que todo aquel tiempo que pasaba en el baño con sus mascarillas debía ser ilegal.

-Sólo me cuido -le decía Ciso a quienes osaban quejarse porque necesitaban también el baño-. No tiene caso que arruine algo que ya viene perfecto de paquete.

El resto de los conejos sólo entornaba los ojos, pero lo dejaban en paz. Aunque había dos o tres que, deslumbrados, se peleaban por sostener su cepillo y pasarle la botella de agua cuando estaba en la caminadora.

-Cuando esté en la cima, no me olvidaré de ustedes -les decía, aunque en realidad no se había tomado la molestia de aprenderse sus nombres. Tenía su mente enfocada en otras metas.

Llegó entonces el día en que el Entrenador les dio sus lugares en el acto. Al escuchar lo que le tocaba hacer, Ciso se quedó tan indignado que por un rato no pudo ni siquiera moverse. Fue hasta el final de la reunión que logró recobrar la compostura.

-Señor Entrenador -dijo-, ¿puedo hablar con usted un momento?

-Claro, Ciso. ¿Qué pasa?

-Estoy un tanto inconforme con el acto. Estoy capacitado para algo más importante.

-¿Lo estás?

-Sí. Y también merezco un traje mejor. ¿Qué tal uno dorado y rojo brillante? De lentejuelas, para que resplandezca con las luces del escenario. Y una capa que ondeé elegantemente detrás de mí.

-Me temo que no es posible. El acto está diseñado para...

Ciso tiró al suelo su folleto informativo y cruzó las patitas delanteras.

-El acto está mal.

-Ciso, tienes que trabajar con los otros.

-No. ¡Yo soy el mejor! ¡Yo debería sobresalir! ¡El acto debería estar diseñado para que los otros me hagan brillar a mí! ¡Es lo menos que merezco!

-Ciso, no puedo hacer eso. Todos son igual de especiales y...

Ciso le dio la espalda al Entrenador.

-Si no es bajo mis términos, no haré nada.

Y fue a encerrarse en su camerino.

El Entrenador recogió el folleto del suelo. Necesitaba a los diez conejos para ese acto, o el balance se perdería y podrían lastimarse. Tenía que convencer a Ciso para que participara. Por un lado, siendo el Entrenador, podría obligarlo, pero así no tenía sentido. Presentarse ante el público no tenía ningún caso si los artistas no se divertían. El Entrenador quería que los conejos participaran libremente, de otra forma sería una crueldad.

Habló con el resto de los conejos para que lo ayudaran con Ciso, pero desde que lo escucharon gritar que era mejor que ellos, el susodicho había dejado de agradarles. Incluso los que solían seguirlo para ayudarlo con sus rutinas de belleza estaban decepcionados. Sólo uno de ellos continuaba haciéndolo, y no era precisamente el que tenía la fama de ser más listo de todos.

El Entrenador tampoco estaba dispuesto a rendirse tan pronto (hay que decir que entre su gente el Entrenador tampoco había sido considerado el más listo). Durante los siguientes días, trató de ganarse la buena voluntad de Ciso mandándole flores, tarjetas, chocolates. Incluso le llevó serenata una vez. Pero Ciso no aceptó ningún regalo y le tiró un cubetazo de agua fría (que no lo mojó mucho porque los cubos de los conejos no son muy grandes).

-¡Sólo volveré cuando sea la estrella!-decía Ciso cada vez antes de cerrar su puerta.

El Entrenador estaba ya despesperado y muy triste.

-Modifica el acto para que sea de nueve conejos -dijo el dueño del circo, quien quería comenzar a ganar dinero con el grupo.

-Los necesito a todos -respondió el Entrenador-. Deme unos días más.

-Bien. Pero que no pase de una semana. Ya he esperado lo suficiente.

El Entrenador fue a buscar un árbol para tirarse bajo su sombra y mirar cómo se movían las hojas allá arriba. Eso siempre lo ayudaba a pensar. Recordó cómo había conocido a algunos de los conejos, en una Granja a donde iban a parar animales que nadie quería ya. O incluso no animales: el propio Entrenador pasó una temporada ahí hasta que decidió salir por su propio pie a buscar su lugar en el mundo, pero esa es otra historia.

Cuando estaban en la Granja, Ciso no paraba de repetir que sólo estaría ahí una temporada muy corta. Claro que muchos de los que estaban ahí decían lo mismo, pero Ciso era el único de los conejos que se esforzaba por mencionarlo cada dos o tres frases.

-¿Puedes lavar esto por mí? No tardan en venir a recogerme y no tiene caso que aprenda a usar la lavadora -por ejemplo.

O

-¿Alguien sabe cuál es el Canal de la Naturaleza? Como ya vienen por mí, ¿para qué me los aprendo?

De hecho, cuando el Entrenador propuso al grupo de conejos la idea de unirse al circo, Ciso se rehusó repitiendo la misma historia.

Sin embargo, el mismo día en que el Entrenador y los conejos estaban listos para partir, Ciso se acercó a ellos arrastrando un carrito lleno de maletas.

-¿Saben qué? Lo estuve pensando y me di cuenta de que no llegarán a nada sin mí -les dijo-. Así que por su bien, será mejor que los acompañe.

Así fue como llegaron a donde estaban ahora.

-Cambió de opinión entonces -se dijo el Entrenador-. Tal vez si logro averiguar por qué...

Al día siguiente, muy temprano, el Entrenador hizo un par de llamadas telefónicas. Tras meditar la nueva información, le pidió a Ciso una cita por medio del secretario que le quedaba. Ciso apareció muy puntual, con una bufanda al cuello y un par de lentes oscuros.

-¿Accederás a mis deseos?-preguntó en cuanto se sentó a la mesa.

-No -respondió el Entrenador.

-Entonces ¿para qué me llamas? Esta es la hora de mi siesta de belleza, ¿sabes?

-No, no lo sabía. Pero de todas formas tengo que preguntarte una cosa: ¿por qué estás aquí en el circo?

Ciso movió los bigotes.

-¡Porque quiero fama y gloria!

-¿Por qué?

-¡Porque las merezco!

El Entrenador ladeó la cabeza.

-Las quieres porque tus antiguos dueños se mudaron de su casa y no dejaron su nueva dirección en la Granja, ¿no es así? Y si eres famoso, ellos sabrán dónde estás ahora.

Las orejas de Ciso cayeron hacia atrás, sobre su lomo.

-¡No lo hicieron a propósito! De seguro tenían prisa y... y la tía Francisca no tenía ningún derecho de decir que tenían que deshacerse de esa cosa tan fea. ¡No soy feo! ¡Todo lo contrario! ¡Ganaba muchos premios cuando abuelita me llevaba a los concursos! Sólo que un día le dio mucha tos y entonces dejó de llevarme. Pero no es porque esté feo... ¡Porque no estoy feo! -Ciso se quitó los lentes y miró al entrenador- ¿Verdad que no?

El Entrenador levantó a Ciso para abrazarlo. El conejo se dejó acurrucar.

-Claro que no estás feo. Todo lo contrario. Pero no puedo crear un acto especial para ti en este momento. Todos tienen que brillar igual primero. Aunque te prometo que lo haré más adelante, cuando hayamos triunfado. Cuando el dueño del circo nos dé más tiempo para nuestro número, haré un acto especial para cada uno -rascó la cabeza del conejo-. Y no te preocupes por lo demás, la fotografía de cada uno de ustedes aparecerá en el cártel y en los panfletos que se repartan. Si tus antiguos dueños están cerca, te verán. ¿Qué dices? ¿Participas con nosotros?

Ciso movió los bigotes de nuevo.

-Está bien. De todas formas, incluso las más grandes estrellas tienen que comenzar desde abajo. Queda mejor en las biografías.

El Entrenador rió.

-Muchas gracias, Ciso.

-Aún quiero mi traje dorado y rojo.

-Lo discutiremos después -dijo el Entrenador, aún abrazándolo.

Aunque no por haber accedido a formar parte en el acto con el resto de los conejos, Ciso dejó de acaparar el baño varias horas todas las mañanas.





ooo




Biografía conejil:


Angélica Co(nejo)ta
Ser conejo no es fácil. Hay toda una serie de expectativas que se hacen sobre uno nada más al verlo esponjoso, y luego se enojan cuando no es cierto. Pero no importa. Mi conejez es mía para vivirla como me nazca. Aunque por fortuna, pude encontrar una tropa de conejos igual de brillantes y especiales, dirigida por una domadora peor... Mucho peor.



1 comentario:

  1. ¡me gustó muchísimo el cuento! leía con una sonrisa pensando ¡ándale! un conejo metrosexual ;)
    ¡gracias Angie!

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