martes, 10 de enero de 2012

Capítulo introductorio



¡Jamás había visto un espectáculo de circo así…! Los conejos y su entrenador lograron  impactarme durante el tiempo que se iluminó el escenario.
¡No podía marcharme de ahí sin averiguar qué clase de hechizo habían usado! Nunca imaginé que la magia…
Aunque el cielo lucía encapotado y gris, esperé a que el entrenador saliera para entrevistarlo, sentía que de sus respuestas dependían muchas cosas en mi propia vida.
Comenzó a tronar en el cielo y la luz del camerino se apagó. El entrenador salió y pasó a mi lado en silencio.
Disculpe…
Con un gruñido el hombre pareció decir: no me molestes, muchacho... Pero yo insistí.
-Disculpe, ¿podría darme unos minutos?
-Si puedes esperar…
Y esperé. Esperé mucho tiempo…
Llovió sobre mí, y pasaron días, y noches… hasta que el entrenador se cansó de verme ahí, como una estatua...
-Sube al auto, te llevaré a casa…
En el asiento trasero venían unos conejos, amarrados con el cinturón de seguridad. Me miraron con sus ojos rojos y lo que parecía una sonrisa.
El entrenador encendió el motor y me entregó una toalla llena de pelos para que me secara. Yo estornudé. Luego me ofreció la mitad de una torta de la cual salía una hoja de lechuga y un termo con algo que olía bien...
Somos un equipo, dijo el entrenador en respuesta a una pregunta que yo aún no formulaba. Eso es todo. Somos un equipo. Y calló.
El camino a casa era largo y accidentado. En cada tumbo los conejos iban y venían, como si el cinturón de seguridad fuera la liga de una resortera, y ellos fueran a ser disparados.
            El entrenador manejaba en silencio, mirando muy atento el camino, aquella lluvia volvía peligrosa la marcha, tal vez por ello su actitud era huraña…, ciertamente  contrastaba con la alegría de los conejos que cantaban muy alegres.
Algo sucedió mientras recorríamos el corto trayecto a casa… algo como un sueño, en donde cada conejo…





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