Conerregos
Tito, Lito y Leto
(O el trío de conejos-borregos)
Nicté García
“A eso de la media noche, vinieron los conejos y se quedaron quietecitos, con las orejas paradas, escuchando aquella música”.
Los tres conejos
Leyendas y consejas del antiguo Yucatán.
Ermilo Abreu Gómez
Ese trío de conejos pasaban gran parte del día con un prolongado sí, sí, sí en sus bigotudos hocicos; moviendo sus cabezas de arriba a abajo y jugando muy sonrientes, pues siempre parecían estar entusiasmados con esto o aquello que hacían sus compañeros y prestos, sacudiendo sus patitas, se ponían a imitarlos.
De repente, despertaban una mañana decididos a subirse a la caminadora, porque pensaban que era súper divertido ser igualitos a Ciso, hasta querían hacer el mismo cruzado de patas cuando se inconformaba con el entrenador; y entonces pasaban todo el día detrás de éste, sosteniéndole sus artículos de limpieza, incluso evitando parpadear para no perder detalle de algo importante que estuviera haciendo. Lamentablemente, Ciso se hartó más pronto de este trío de conejos, de lo que ellos se enfadaron de seguirlo a todas partes, y aunque no quisieran aceptarlo, prácticamente “los echó fuera” de “quién sabe dónde”.
Se la pasaban tan ocupados imitando lo que hacían sus compañeros conejos que ni tiempo les quedaba para enterarse de sí mismos, incluso la mayoría los confundía, no porque realmente fueran triates, sino porque peinaban su pelaje igual, usaban el mismo tono de voz, e incluso movían sus patas para caminar al mismo tiempo. No se sabía dónde empezaba uno y terminaba el otro. Ya hasta habían olvidado cómo vivían antes de unirse a tan fantástico acto circense.
Un buen día, cuando salieron a desayunar su respectiva dotación de zanahorias; se dieron cuenta que el resto de los conejos no estaba ni en sus jaulas ni en ningún rincón del Circo. Para su mala, malísima suerte, ni el entrenador andaba por ahí. Entonces parados y muy quietos se quedaron, parados y con sus patas cruzadas, mirándose unos a otros, parados y viendo pasar las horas, y viendo pasar las mañanas y las tardes, hasta que se les ocurrió la idea de separarse para buscar al resto del grupo.
El primero anduvo saltando entre las jaulas de los tigres y leones, jugando a domar fieras salvajes; el segundo estuvo brincando a mitad del ensayo de los payasos, escuchando chistes y chascarrillos; y el tercero decidió quedarse ahí esperando por si alguno regresaba.
Los conejos tomaron diferentes caminos, de forma que cada uno recordó su antigua voz, la que solían usar antes de ingresar al Circo, pues ya no tenían a nadie a quién imitar. Como ya se habían separado un poco y vieron que disfrutaban aquello, decidieron ir otro poco más lejos, topándose con otras personas y animales, observando calles y cielos distintos. Recordaron entonces a sus padres y abuelos y a sus hermanos y sobrinos. Y luego, sintiéndose muy audaces, fueron todavía más y más lejos. Para cuando tuvieron que regresar al Circo, ya cerca del atardecer, hasta los recuerdos de su niñez estaban claros en sus cabezas.
El entrenador fue el primero en verlos llegar, con sus patas delanteras enlodadas y sus bigotes sucios, quiso saber qué habían hecho, pues verlos tan felices le sorprendió. Y aquel trío de conejos se comenzó a pelear porque todos querían hablar y contar sus aventuras. Armaron tal alboroto que el resto de los conejos, se fueron acercando, atraídos por los gritos, sin reconocer a esos “come zanahorias” mugrosos… ¿Quiénes son ellos?, se preguntaban, y ninguno atinaba a dar con los nombres. Entonces el entrenador, aturdido por tanto griterío, tuvo que separarlos y poner a cada uno en su esquina; sugiriéndoles que tomaran un turno para hablar.
El primero en contar su historia fue Lito, quien dando unos saltitos, llegó contando chistes y haciendo bromas, de esos que había escuchado decir a los payasos:
-Mamá, mamá, en la escuela me quieren poner queso
-¡Cállate Nacho!
Y el conejo miró directito al entrenador esperanzado en que hubiera entendido su chiste, porque falta decir sus compañeros no abrieron los hocicos ni para un solitario ja.
-Señor, señor, me robaron mi pan
-¿Iba solo?
-No con mantequilla
Alguno de los conejos soltó un ja, ja… calladito, y enseguida un torrente de jjj aaa ja jaa jaaa descontrolado que fue golpeando bigotes y contagiando risas y vacunando amarguras. Ganas le daban a Lito de apuntarse para el acto de los payasos. Juró y perjuró que anduvo arrancando sonrisas y moviendo muchísimo sus bigotes de tantas carcajadas. Y no sobra decir que aquella noche le llovieron aplausos.
El siguiente fue Leto, se abrió paso entre la multitud dando grandes zancadas, con su cabeza muy en alto y moviendo su peludo cuerpo para que admiraran cuánta fuerza había adquirido, y… ¡Tan repentinamente! Porque como saben, no cualquiera entra de domador de tigres y leones como él había hecho, obligándolos a verlo como algo más que comida andante. Después toda la tarde fue salvar personas que admiraron su enorme valentía, claro que había olvidado dar los detalles de cómo los había salvado, pero hecho estaba y ningún conejo podía dudarlo.
El último en tomar su turno fue Tito, quien a decir verdad no tenía tantas aventuras que contar como Lito y Leto, porque había decidido quedarse a esperar a sus compañeros y casi casi nada había sucedido. Incluso había estado tan aburrido que se había apuntado de voluntario para ayudar a recibir a las crías de Faby, una osa viuda desde hacía siete días. Eso de convertirse en un conejo partero le entusiasmó tanto, que llegó a ponerlo en práctica con quien se aventurara...
Los conejos pasaron el resto de la noche muy divertidos, zanahoria en pata, reunidos cerquita de sus jaulas, mientras el entrenador los observaba con una disimulada risita en los labios.
Nicté García Yuen (la segunda de izquierda a derecha...)
Mi experiencia tras convertirme en un conejo fue reveladoramente nutritiva, echando un vistazo cuenta atrás, andaba medio debilucha por la vida, quizá porque no comía mi correspondiente ración de zanahorias. Entonces, vagando por uno que otro prado, me topé con cierto domador, de cuyo nombre no quiero acordarme, quien me invito a formar parte de este acto circense. Al principio andaba a tientas, porque no sabía que esperar, las dimensiones eran desconocidas; incluso me sentía temerosa, pero las patas amigas van llegando, una tras otra, brindándose a través de gestos y sonrisas, compartiendo vivencias. Y el sentirme parte de un grupo integrado por conejos tan especiales es reconfortante. Uno se sabe escuchado, porque las ideas surgen, se comentan y van entrelazándose; comienzan pequeñitas en la mente de alguno, crecen a base de sugerencias y felicitaciones, toman formas insospechadas, y entonces, sólo hasta entonces ya no son suyas o mías, son de los espectadores. Cerca ya del final de este acto, no me queda más que agradecer por todas las risas, involuntarias debo aclarar, que estos conejos me arrancaron, y especialmente por sus enseñanzas. Ha sido un placer darlo todo por este sueño comunitario.








