sábado, 4 de febrero de 2012



Nicte García Yuen


¡Nunca imaginé al probar “conejo a la mexicana” que años más tarde llegaría a convertirme en uno!


Lo comento ahora alejada de mis propios compañeros conejos, no vayan a salir espantados. Mi encuentro con dichos animales, previo a convertirme en uno, fue una experiencia culinaria deliciosa. Debo aceptarlo aunque podría considerarse una declaración caníbal de mi parte. Cuando era adolescente tuvimos en casa un par de conejos, blancos con vivarachos ojos cereza. Pasaban gran parte de sus horas saltando entre las macetas de rosales y malvas del jardín de mamá. Devoraban lechugas y zanahorias, mismas que compartían con una docena de canarios.


Todos éramos felices: mamá, los conejos, los canarios y, por supuesto, yo. Hasta que los conejos crecieron tanto, poniéndose muy rechonchos. Su hábitat jardín/madriguera les quedó pequeño. Tomamos la decisión de enviarlos, derechito y sin escalas, al “paraíso conejil”, donde los que fueron buenos conejos comen frescas hojas de alfalfa para toda la eternidad. El asunto, sin más rodeos, es que fueron a parar a la cocina de unos tíos, quienes se declararon expertos en el arte de preparar “conejo a la mexicana”. Tú me traes a esos conejos enjaulados, y yo te regreso una cazuela de la especialidad de la casa “conejo a la mexicana”. Mamá terminó encantada con el trato, gratuito además, y nuestros conejos blancos de vivarachos ojos cereza, vieron sus últimos instantes cerquita de la lumbre.


Una tarde, de regreso de la escuela, ahí sobre la estufa estaba la cazuela con el platillo. Considero necesario, por respeto a los compañeros conejos que anden por aquí, reservarme mi opinión sobre lo sabrosa que sabe la carne de conejo. Más si está sazonada con jitomate, cebolla y chiles verdes.


Semanas más tarde, consideramos la opción de adquirir otro par de conejos, a los cuales engordaríamos para luego mandarlos de vacaciones con mis tíos. Sin embargo, esto no sucedió, por falta de presupuesto.


Claro que en mi actual estado conejudo semejante final  resulta sacado de las peores pesadillas. Obviamente, no quisiera que algún cocinero pusiera sus manos en mi peludo cuello, para decorarme con vegetales y aceite de oliva. Por fortuna, los citados tíos cocineros de platillos exóticos han optado por preparar “caldo de Tlacuache”, la nueva y renovada especialidad de la casa.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario